martes, 21 de febrero de 2012

Relato Nº 1.- Niñez (Boceto)


N.d.A. Éste es el primer relato de Olrath (conocido) escrito el mismo día en que se enteró de que su mujer estaba embarazada de su hija: Taysa.
Olrath quiso marcar su propia huella en la historia, por ello empezó a escribir relatos de su propia vida, fragmentos, aventuras, y todo cuanto pudiesen leer sus hijos en un futuro, y que éstos se sintieran orgullosos de contar las gestas y las desventuras de su padre, Olrath, hijo de Olrein, quien combatió a los Khandergs y les expulsó de Pandruïn para siempre…


Niñez… curioso privilegio… del que, sin duda alguna me vi privado a la pronta edad de diez años…
El año ochocientos treintayocho de la guerra Khanderg, mi madre murió al partirse la columna vertebral tras caer del caballo de mi padre un día que sin duda intentaba huir de las espeluznantes y continuadas palizas que éste le propinaba.
Olrein, mi padre, solía decirme que tanto al caballo como a la mujer sólo la fusta puede torcer, algo que nunca compartí, como Niara, mi bellísima esposa podrá atestiguar.
Por aquel entonces, yo contaba con escasos cinco años, y el entrenamiento para formar parte del ejército comenzaba a los trece, de modo que mi padre, al estar siempre en la guerra, se veía incapaz de atendernos a mis hermanos y a mí, de modo que decidió enviarnos con su madre, mi abuela, Taysa, la anciana más amable y cariñosa que mis ojos han tenido jamás el placer de ver.
No volvería a ver a mi padre hasta pasados ocho años, cuando volviese a por mí…
Mi abuela nos acogió y nos dio el cuidado y el amor de la madre que acabábamos de perder, y tan sólo a cambio de un ligero atisbo de ayuda por nuestra parte, nos dio cobijo y comida sin reservas.
Loradan, mi hermana mayor, tejía durante prácticamente toda la mañana, a fin de hacernos ganar alguna que otra moneda de oro, además de ayudar a Taysa con las tareas del hogar; yo intentaba aprender cuanto podía, o cuanto mi abuela podía enseñarme, ya que Ardrion, el bebé, la mantenía ocupada durante casi todo el dia.
Tuve que ocuparme de mantener el huerto, limpiar a los animales, darles de comer, recoger los huevos de las gallinas, ordeñar a las vacas y cepillar a la yegua.
- Todo esto será trabajo de Ardrion algún día, cuando padre vuelva a buscarme y haga de mí un fornido guerrero.- Solía pensar yo.
No había pasado un año cuando Loradan cayó enferma presa de la enfermedad del ojo negro, obligándonos a trasladarla al establo a fin de que no nos contagiase, vino un curandero, un monje de una tierra que por aquel entonces no sabía ni pronunciar, dijo que debía extraer el ojo y parte de la cara para purificar el alma de Loradan, y que si no lo hacía así los malos humores acabarían matándola.
Nunca llegué a saber si eso era cierto o no, pero lo que de verdad la mató, no fue la enfermedad, sino la infección que se apoderó de la enorme herida de su antaño bellísima cara, causada por quien se suponía debía salvarla.
Un año y siete meses más tarde, Ardrion, mi hermano pequeño, salió una mañana a jugar por la parte de atrás de casa, cerca del bosque, Taysa estaba rezando en la tumba de Loradan y yo araba el campo de trigo con ayuda de Celique, la yegua de mi abuela.
De repente se escuchó un aullido, lo que era habitual por esas tierras, pero éste se oía más cercano de lo habitual…peligrosamente cercano.
Solté el arado y monté rápido a Celique, la cual corría hacia la casa como si el diablo, no yo, la espoleara.
Celique fue veloz, extremadamente veloz, pero no lo suficiente… llegamos tarde,
Al llegar no había gallinas, los lechones habían desaparecido y un ternero de mes y medio se debatía entre la vida y la muerte mientras agonizaba en el charco que  su propia sangre había formado al brotar de su cuello.
Los caballos se habían escapado, solo había quedado un potro, hijo de Celique que estaba encerrado debido a su juventud; ese día le puse nombre: Vanetur.
Llamé a Ardrion varias veces para que me ayudara a mover el ternero, pero éste no contestó.
Había dado por supuesto que mi hermano había sido suficientemente listo para entrar en la casa al ver a los lobos salir del bosque, pero no fue así…
Nada podía consolar a Taysa, que nunca llegó a perdonarse la desaparición de Ardrion; estuvo llorando seis dias enteros sin apenas parar de hacerlo, sin dormir ni comer, apenas bebía algo de agua para como decía ella “no alimentar al llanto”
A mis ocho años había perdido a mi madre y a mis dos hermanos, y la salud de mi abuela y el vigor que la había caracterizado toda su vida empezaba a verse atacado y mermado por la fuerza y el peso de los largos y tediosos años a los que se había enfrentado.
No pasó mucho tiempo hasta que las tornas se cambiaron, ahora era yo quien la ayudaba a levantarse, era yo quien iba al mercado a comprar para ella, y transcurridos unos meses me sorprendí haciendo yo mismo la comida y haciendo las tareas de casa.
Los últimos meses de vida de Taysa fueron la peor experiencia de mi vida, viendo como cualquier resquicio de vida en ella se iba desvaneciendo con el paso del tiempo, viéndome obligado a ayudarla a hacer sus necesidades, a lavarse, a comer…
Jamás olvidaré el veinte de mayo del año ochocientos cuarentaytres de la guerra Khanderg, con diez años recién cumplidos, me levanté al despertarme el cantar del gallo, con las primeras luces del alba ordeñaba y daba de comer a la vaca, echaba grano a las gallinas y recogía sus huevos; tras esto me disponía a despertar a mi abuela y servirle un vaso de leche y un huevo cocido, pero esta vez fue distinto…
Tres semanas después Olrein, mi padre, al que no veía desde hacía cinco años venía a buscarme, haciendo un hueco en su cruzada contra los khandergs, tres años antes de lo previsto…
Fue seguramente error mío el no mencionar en la carta que le mandé comunicándole la muerte de Taysa, el hecho de que mi hermana había fallecido y mi hermano se encontraba desaparecido, pero no creo que mereciera la tunda que me tuvo dos meses sin poder tragar nada que no fuese líquido.
Dejando todo atrás, lo único que mi padre me pemitió llevar fue a Vanetur, es mas, al suplicar llevarme a Celique, la vieja yegua de Taysa, Olrein cogió su espada, y se la hundió en el lomo.
Recuerdo el primer día de entrenamiento en el campamento de Olrein; me corté con la daga con la que practicaba, y al ir corriendo a la tienda de mi padre con los ojos llenos de lágrimas, éste me cruzó la cara y me dijo: ¡Estúpido, recoge esa sangre inmediatamente!¡Y no te atrevas a llorar jamás en público!¡Un hijo mío no debe mostrar debilidad!
A base de palizas, cortes, golpes y batallas entré en la adolescencia, preparándome para lo que soy hoy.
En esa época me juré a mi mismo, que mi primera hija se llamaría Taysa…